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Liderar es conectar: una reflexión desde la experiencia

24/06/2026

A partir de una trayectoria que abarca desde el sector público hasta grandes multinacionales, esta reflexión explora la verdadera esencia de dirigir. Basado en el libro Liderazgo que conecta, el autor nos invita a descubrir por qué el verdadero impacto no radica en los títulos, sino en la integridad de las pequeñas acciones, la empatía y la capacidad de transformar vidas

A lo largo de mi vida profesional he tenido la fortuna de trabajar en organizaciones muy distintas: en el sector público, en empresas multinacionales, en fundaciones, en consejos de administración y más recientemente, como mentor, asesor, inversionista y coach. Cada etapa me ha dejado aprendizajes valiosos, pero también errores, dudas, tropiezos y momentos en los que me he detenido a pensar: “¿qué pude haber hecho mejor?”.

Tal vez por eso, con los años, he llegado a una conclusión sencilla: el liderazgo no se trata solo de dirigir equipos, alcanzar metas o cumplir indicadores. Todo eso importa, por supuesto. Las organizaciones necesitan resultados, disciplina, planeación y ejecución. Pero el verdadero liderazgo se mide también en la forma en que tratamos a las personas, en la confianza que construimos, en la congruencia con la que actuamos y en la huella que dejamos en quienes caminan con nosotros.

En mi libro Liderazgo que conecta, hablo precisamente de esa idea: liderar es conectar. Conectar con uno mismo, con los demás, con el propósito de la organización y con el impacto que queremos generar en la sociedad. Esa conexión, desde mi punto de vista, no empieza desde afuera, sino desde adentro. No se puede liderar bien si antes no hay un trabajo interno. Antes de pedirle compromiso, integridad o disciplina a un equipo, uno debe preguntarse si está dispuesto a vivir esos valores todos los días, incluso en los detalles más pequeños.

Esta reflexión me lleva a una anécdota sencilla, pero que para mí siempre ha tenido mucho significado. Recuerdo una práctica que adopté desde mis años en Bancomext y que después mantuve en Walmart y en Bimbo. De vez en cuando necesitaba sacar copias de documentos personales en la oficina. No era algo frecuente ni relevante en términos económicos, pero yo procuraba siempre llevar un paquete de hojas para reemplazar las que había usado. Alguien podría decir: “Raúl, no exageres, son unas cuantas hojas”. Pero para mí el punto no eran las hojas como tal, sino el mensaje que transmitía. La integridad empieza en esas pequeñas acciones que casi nadie ve, pero que van formando nuestra manera de ser.

Sin embargo, la integridad no basta por sí sola. Necesita estar acompañada de humildad, porque el poder, cuando no se maneja con cuidado, puede ser peligroso. Es fácil perder el piso cuando uno ocupa una posición importante. En el sector público conocí personas muy brillantes, con maestrías y doctorados, pero también vi cómo la arrogancia intelectual podía cerrar puertas, romper conversaciones y frenar proyectos. En la empresa privada sucede algo similar: hay líderes que creen que tener la razón es más importante que escuchar y terminan aislándose sin darse cuenta.

En mi experiencia, la gente no espera líderes perfectos. Espera líderes honestos, humanos, congruentes y capaces de hacerse responsables. Esta responsabilidad implica entender que los resultados se construyen con las personas, no por encima de ellas. Uno de los aprendizajes más importantes de mi carrera es que los grandes líderes logran cosas con su gente, no a costa de ella. Esta frase me ha acompañado durante muchos años porque resume algo esencial. Las metas importan, pero no pueden alcanzarse destruyendo la confianza, agotando a los equipos o tratando a las personas como simples recursos. En cualquier organización, las personas son quienes sostienen la cultura, la innovación, el servicio, la reputación y los resultados.

Cuando uno entiende esto, empieza a mirar el liderazgo de otra manera. A veces pensamos que los grandes gestos son los que transforman a los equipos. Sin embargo, muchas veces son los pequeños gestos los que más se recuerdan, por ejemplo: preguntar “¿Cómo estás?”, reconocer un buen trabajo, escuchar una preocupación, acompañar a alguien en un momento difícil, abrir una puerta, ofrecer una palabra de aliento. En los últimos años he recibido mensajes de antiguos colaboradores que me agradecen alguna conversación, algún consejo o alguna forma de apoyo que, sinceramente, yo ya no recordaba con tanto detalle. Uno nunca sabe qué momento, qué palabra o qué gesto puede marcar la vida de otra persona.

Quizá por eso, cuando en 2022 tuve la oportunidad de participar como fellow en la Advanced Leadership Initiative de Harvard, volví a confirmar algo que ya intuía: la experiencia acumulada no debe convertirse en nostalgia ni en retiro pasivo. Puede y debe transformarse en una nueva forma de contribuir. Estar en Boston, estudiar, escuchar a personas de distintas partes del mundo y reflexionar sobre problemas sociales complejos me ayudó a entender que el liderazgo también evoluciona con la etapa de vida en la que uno se encuentra.

Desde esta mirada, hoy creo que necesitamos liderazgos más humanos, más conscientes y más valientes. Líderes que sepan tomar decisiones difíciles, pero sin perder la sensibilidad. Líderes que busquen resultados, pero no olviden la dignidad de las personas. Líderes que entiendan la importancia de la tecnología, la innovación y la eficiencia, pero que no sustituyan la conversación, la confianza y la empatía por procesos fríos o métricas vacías Al final, todo vuelve al mismo punto: liderar no es ocupar una oficina grande ni tener un título en la tarjeta de presentación. Liderar es influir positivamente. Es poner el ejemplo cuando nadie está mirando. Es reconocer que todos estamos aprendiendo. Es tener la valentía de decir “no sé”, “me equivoqué” o “necesito ayuda”. Es construir, desde lo cotidiano, ambientes donde las personas puedan crecer, aportar y sentirse valoradas.

Si algo quisiera transmitir con este libro y estas reflexiones, es que el liderazgo no está reservado para unos cuantos. Todos, desde nuestro espacio, podemos dejar algo. Podemos ser mejores compañeros, mejores jefes, mejores mentores, mejores ciudadanos y mejores seres humanos. Liderar es conectar, pero conectar de verdad exige empezar por uno mismo, actuar con integridad, caminar con humildad y recordar que la huella más importante no siempre está en los resultados que entregamos, sino en las personas que ayudamos a crecer en el camino.

Raúl Argüelles


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